No es un error ni una locura estudiar un posgrado. Hay dos tipos de estudiante de posgrado: el que le gusta la investigación y le pagan por hacerla y al que le gusta que le paguen, aunque no la haga. ¿Qué hay de loco en eso? Nada.
A quienes nos gusta investigar y además nos gusta que nos paguen por trabajar en eso debemos, forzosamente, trazar nuestra carrera en el ámbito académico y de ahí desarrollarnos como investigadores, ya sea que nos quedemos en el sector público o nos vayamos al privado (porque sí, hay posgraduados en empresas que, después de un rato de estar bajo la lupa de Conacyt, prefieren irse a trabajar a otro lado).
Y es que hay una mecánica: te gusta investigar y que te paguen, ah, pues debes estar adscrito a algún centro académico y de investigación que te dé respaldo y crédito. De lo contrario, no sirve de mucho lo que haces, porque tus resultados no llegarán a mucha gente y así nadie se enterará de qué pasó o para qué sirvió lo que hiciste. De hecho, cuando vas a publicar en una revista indexada y arbitrada, lo primero que te preguntan es en qué institución académica trabajas. Entonces, hacer investigación «por la libre» debe ser padre, pero pues uno se muere de hambre. Y eso está de la chingada, señores, pero en fin.
Estudiar una maestría o un doctorado con goce de beca implica ser felices al recibir una lana mensual, pero también implica otras cosas. Por ejemplo, hay que sentarnos durante horas a tomar clases para darnos cuenta que muchas de ellas no nos servirán para nada. Las cursamos por requisito del programa, pero de ahí a que sean útiles hay una distancia como de aquí a Tierra de Fuego.
Así, en lugar de centrarnos en el diseño de la investigación o de salir a campo a recoger los datos que uno necesita, en ocasiones uno debe estar sentado en un salón escuchando peroratas interminables de algún (en mi caso) marxista de pantuflas que de lo único que sabe hablar es de la Escuela de Frankfurt. O bien, tomar clases con un docente que a huevo quiere que pienses como él, que hagas lo que dice, que a cualquier avance de uno le encuentra un «pero» y no porque uno esté mal, sino porque no le gusta lo que dices. Y como no le gusta, pero no te puede reprobar porque LA BECA, pues como quiera te castiga en tu calificación.
Y ni hablemos de los chismes que se van tejiendo. «Ya todo mundo sabe que eres positivista», me dijo uno de los doctores como queriendo ofenderme. Alcé la ceja nomás y dije «va, muy bien, ahora voy a ponerme a contar las palabras de las entrevistas que haga y le reporto cuál es la media».
Y ya cuando me salí con la mía uno tiene bien su proyecto y lo termina como debe ser, se titula y la madre, ahí no acaba el cuento: ahora hay que ser «alguien» en el mundo de la investigación y la ciencia. «Hay que hacer que el nombre de uno se conozca», me dijeron en una reunión de investigadores. Todo para asegurar tu chamba.
Pero ¿quieren saber cómo se le debe hacer para que se conozca nuestro nombre? Publicando. No dije que publicando buenas cosas, resultados trascendentales, investigaciones de frontera, no. Publicando muchas cosas. Así, bien hartísimas. Y además logrando, como sea, que te citen. Así sea porque obligaste a tus tesistas a que metan tus artículos con calzador en sus trabajos o tienes acuerdos con tus colegas para citarse entre todos. O chance porque sí hiciste un buen trabajo. Porque aunque estés refriteando una investigación que hiciste hace diez años o más, si de ahí salen veinte artículos y te citan, pues ya chingaste, ya conocen tu nombre. Y es que así es como uno podría entrar al SNI, con cierta cantidad de publicaciones –que ni de chiste leerían los dictaminadores– y citas, porque con que sea una revista mamalona, de preferencia de otro país o en inglés, y que reúnas la cantidad de artículos, productos y citas que piden, pues ya.
A mí me gusta mucho investigar. Tanto la investigación de gabinete (o sea, la teórica) como la empírica me gustan. Sí, hay que lidiar con la gente que encuestas o entrevistas; si haces investigación cuantitativa debes tener mucho cuidado con tu diseño y las características muestrales, pasas horas y horas, días, semanas en campo, pero aprendes mucho y, lo mejor, ves cómo se va delineando el rumbo de tu investigación cuando revisas los resultados preliminares («ay, qué emoción, mi hipótesis todavía no se descarta» y así). Es padre, sí.
Sin embargo, no puedo evitar sentir que se me parte el corazón en mil pedazos cuando, de todo lo que estás haciendo, del esfuerzo que le pones para justificar la viabilidad y pertinencia de tu trabajo, de las horas que pasas en campo y luego pensando en la teoría y las noches en las que hasta sueñas con lo que haces, al final lo que te piden es cuánto publicaste y dónde. Publish or perish. Es verdad, publica o muere.
¿A dónde voy con todo esto? Pues a que hasta se me van las ganas de continuar. Por ejemplo, ahorita estoy avanzando con un proyecto que diseñé y está en proceso de registro en la universidad como proyecto no financiado. Es decir, no me van a pagar por lo que estoy haciendo mas que mi sueldo normal. Y cuando les informo que es no financiado, pues hasta me ven raro. Lo hago porque me interesa y me importa el tema que estoy desarrollando, pero cuando me pongo a pensar en lo que sigue, en los «cuánto y dónde», se me desdibuja el horizonte y, como algunos saben, me pongo muy triste con facilidad.
«Esdeque así es el sistema». Pues sí, pero no es como que ahí estaba cuando nacimos como si fuera un monte, no mamen. Si ahí está es porque nosotros lo diseñamos así y hemos permitido que así funcione. No sé si habrá manera de modificar esa dinámica, ni siquiera se me ocurre cómo. Pero lo que sí puedo decir es que provoca un sentimiento de soledad muy profundo, donde la relación entre los tuyos a quienes les dices «colega» se transforma en una lucha por recursos y prestigio.
No escribo esto porque no me han publicado. Sí, he logrado hacerlo –y hasta quién sabe quién me citó– y si le pongo empeño, seguiré lográndolo. No es eso. Es que reflexionas sobre a dónde vas con todo lo que haces y no puedes evitar sentirte solo y presionado.
Locura no es estudiar un doctorado o maestría. Locura es el mundo al que entras cuando terminas. Nadie me pintó de colores el mundo de la academia y de la ciencia, no, nadie. Sólo me pone triste ver que lo que me gusta hacer va, irremediablemente, destinado a ese camino.


No hay comentarios:
Publicar un comentario